Cuando los árboles no dejan ver el bosque
© Gregorio Echeverría / El Talar 28 de marzo 2008
Estos quince días merecen una reflexión que
deje algo más que opiniones simplistas y críticas fariseas.
Me tomaré la libertad que me corresponde como ciudadano para plantear
desde el llano una posible visión de la cuestión. Visión
mía que no pretendo vender a nadie y como no debo complacer a nadie,
trataré de expresar mi pensamiento con claridad y sin vueltas.
Estamos a mi modo de ver ante una crisis de gobernabilidad. Más concretamente,
ante un intento de socavar la gobernabilidad, presionando sobre la ecuación
gobierno-poder. En buen romance, un golpe de estado.
De esto se trata creo el problema. Quién gobierna y quién tiene
el poder.
No soy constitucionalista, de modo que me excuso por las torpezas forenses
de mi exposición, nada más pretendo hilvanar algunas ideas ayudado
por el sentido común. El poco que me puedan haber dado los años
y el recuerdo de situaciones parecidas a lo largo de la historia de nuestros
pueblos.
Porque no se trata solo de nosotros. Basta mirar lo que ocurre -casualidades-
en Bolivia en estos mismos días.
Latinoamérica es un triste y repetido ejemplo de países con
gobiernos débiles dirigidos con más o menos disimulo por intereses
fuertes. Digamos Latinoamérica por no decir el mundo, al menos buena
parte de él.
¿De qué intereses hablamos? La fauna es variada. Pero casi nunca
se trata de intereses locales o nacionales. Y cuando los hay, detrás
de ellos de puede percibir la influencia de intereses más fuertes y
alejados. Todo lo alejados que uno puede imaginar en un mundo globalizado.
La distancia geográfica no significa impedimento. Los intereses más
lejanos están encima de nosotros en tiempo real.
Ante este panorama me pregunto: ¿a quién le importa Argentina?
Respuesta: a todo el que pueda sacarle provecho.
Y acá viene la madre del borrego. ¿Quién o quiénes
tienen derecho a sacarle provecho a nuestro país?
Personalmente estoy convencido que los argentinos somos los únicos
que tenemos derecho a sacarle provecho al país. En primer lugar. Sacarle
provecho es -para que nos entendamos bien- extraer la riqueza del subsuelo,
cultivar sus campos, recoger sus productos naturales, agregarles valor, elaborar
bienes de uso y productos de consumo y generar servicios que hacen a nuestra
calidad de vida. Incluyo en esta calidad vivienda digna, alimentos, vestido,
enseñanza y salud. Para todos sin excepción. Ese es el derecho
que establece nuestra Constitución y nadie puede generar exclusiones
cubiertas o encubiertas con ninguna etiqueta y bajo ninguna circunstancia.
También establece nuestra Constitución que “el pueblo
no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”.
Hace pocos meses el pueblo ha elegido a sus representantes para que gobiernen
por un período de cuatro años. Ese gobierno tiene legitimidad
y debe contar con el poder suficiente y necesario para ejercer su mandato
con la mayor amplitud y hasta sus últimos alcances.
Cualquier otro poder que se le oponga, sean cuales fueren los argumentos,
está al margen del derecho y de la ley. Máxime si esta oposición
se realiza por una vía de fuerza, como es el caso de cortar rutas y
desabastecer el mercado.
Tratar de paralizar el país para revertir una medida de gobierno es
pura y lisa subversión, desacato, intolerancia y en todo caso mostrar
la hilacha.
Es no querer reconocer que el país es algo más que una bolsa
de valores y en todo caso bastante más que cualquiera de los sectores
que lo integran.
Como nunca antes, hoy el todo es mucho más que cualquiera de las partes.
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