No confundir gordura con hinchazón
Después de semanas de recibir este tipo de panfletos,
me veo casi obligado a devolver una mínima respuesta, para que los
pícaros no vayan a escudarse en aquello de que “el que calla
otorga”.
Creo en el valor de la discusión y el disenso.
Creo en la necesidad de debatir a fondo todos los enfoques y todas las perspectivas
que nos ayuden a formular un modelo de país.
Creo que no todos los pobres son buenos ni todos los ricos son malos.
También creo que el zorro pierde el pelo pero no las mañas.
Y recuerdo que a poco de celebrar nuestro primer Centenario Patrio, las corporaciones
ganaderas de la Patagonia rejonearon al gobierno de don Hipólito Yrigoyen
para que mandara tropas del Ejército Argentino a reprimir los reclamos
de la peonada rural exprimida y hambreada por los próceres del campo.
Decenas de trabajadores rurales fueron torturados y fusilados.
Y recuerdo que en un país que tuvo y tiene aún hambre y desnutrición,
en muchas ocasiones se volcaron en las rutas o se arrojaron al río
cargamentos de fruta, pollos, leche, verdura y cereales para impedir la baja
de precios.
Y recuerdo que el Estatuto del Peón que costara tanto sufrimiento y
tanta lucha, está muy lejos de tener vigencia efectiva en ninguna de
nuestras provincias, donde sobrevive el trabajo temporario en negro sin obra
social y sin seguro por accidentes de trabajo.
Y también recuerdo la ojeriza de los grandes capitales agroganaderos
a la Junta Nacional de Granos y a la Junta Nacional de Carnes, cuyo necesario
y legítimo objetivo y razón de ser eran planificar la producción
y comercialización de los productos del campo en un marco de equidad
y eficiencia en función de los intereses del conjunto.
Y recuerdo asimismo que para que los grandes del campo hagan su negocio no
se puede soslayar el hecho de que hay una tremenda infraestructura vial, energética,
crediticia, educativa y tecnológica que les permite moverse como se
mueven porque el país les cubre las espaldas.
Y recuerdo también que la finalidad primaria del quehacer del agro
es alimentar a nuestra población a calidad y precios sustentables.
Y luego disponer de los excedentes para exportar en condiciones que nos convengan
y satisfagan a todos. Porque si entre todos pagamos la fiesta, justo es que
repartamos los beneficios.
Y asimismo pienso y creo que el país tiene derecho a estimular y premiar
la producción y comercialización de aquellos bienes que resulten
en el corto, mediano y largo plazo beneficiosos para todos.
Como de igual modo tiene derecho a desalentar, multar y aún prohibir
las actividades que a la corta o a la larga producen daños en la biosfera,
entiéndase empobrecer y desertizar la tierra, malversar recursos naturales
no renovables, contaminar las napas, talar bosques, desecar humedales, etc.
La razón de ser de la actividad humana no es el lucro sino la satisfacción
de necesidades.
Y las necesidades de las personas y los grupos no pueden estar divorciadas
de las necesidades del común de la gente.
Los que a falta de argumentos inteligentes insultan y ofenden la investidura
presidencial, me recuerdan -tristemente- a los que escribían en las
paredes del país “¡Viva el cáncer!”.
Parece que poco hemos progresado desde entonces. ◊
© Gregorio Echeverría / 04 junio 2008