Esta mañana recibí un correo re-enviado por
una institución educativa cuyo nombre no hace al caso. Bajo el título
de “algunas palabritas ” o algo por el estilo. Lo leí en
primer lugar como gesto de respeto hacia la persona que me lo mandaba. Un
texto -de alguna manera debo llamarlo- organizado en párrafos de tipografía
grandota, destacada y coloreada. Unos diez o doce bloques de escritura. Al
terminar el primero, de un delicadísimo color lila, empecé a
sospechar que lo único educativo (digno de respeto) era la institución
de origen.
Escribo este mail para agradecer al autor y a la persona que me lo envió.
Recononozco que no es fácil acceder al concepto de pluralismo, sobre
todo cuando uno ha sido educado en modelos de visión si se quiere estrecha
y cuidadosamente etiquetada, pero el autor del texto en cuestión -vuelvo
a este término sin mucha convicción- demuestra un fluido manejo
de diversas técnicas de bricolage y una rara especialidad en el manejo
de la escatología política combinada con las peores expresiones
de la procacidad y la mala leche.
La persona que escribió esto no es por suerte uno de esos negros de
mierda al cual se refiere con odio, más bien adivino que ha de ser
descendiente de aquellas egregias madamas que vomitaban sapos y culebras ante
el espectáculo de los negros metiendo las patas en la fuente.
Lo más penoso de este correo no es el andate ni el no te queremos porque
no te votamos ni los denuestos con los que se refiere a la mujer que hoy lleva
sobre sus hombros la pesada carga de conducir un barco lastrado por tanta
basura y tanto rencor. Lo lamentable es que esa persona que escribió
el correo en cuestión ha escrito en diez o doce párrafos su
propia radiografía y puesto en blanco sobre negro el más cabal
autorretrato que alguien pudiera concebir. Nos ha descripto con lujo de detalle
lo que ve cada mañana y cada noche y cada vez que se contempla en un
espejo. ◊
© Gregorio Echeverría / El Talar, 26 de mayo de 2008