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Hace años -muchos- que guardo para adentro y para
mí el profundo deseo de expresar testimonialmente (y por escrito,
por el viento) lo que Cuba, su revolución y su pueblo han sembrado
en mi vida.
Tal vez en estos 44 años tuve oportunidades para hacerlo. Seguramente
no sentía la necesidad.
Y la necesidad la instala la reciente visita de Fidel al país,
en ocasión de la asunción del presidente Kirchner.
El clima -ya caldeado por otras razones- se puso al rojo vivo.
Porque Fidel tiene la cualidad de la altas montañas, el de ser
una divisoria de aguas.
Parecería imposible permanecer neutral en la cuestión.
Apasionadamente a favor. O apasionadamente en contra.
Desde ya impugno el cliché de
que Fidel es "un mito viviente."
Porque la realidad de los mitos es discutible. Improbable.
Y Fidel no es lo uno ni lo otro.
Fidel es una realidad. Una realidad viva. Y punto.
Fidel es Cuba y Cuba es Fidel. Por eso es que
sus enemigos y los enemigos de Cuba, que son los enemigos de nuestra
América, no lo han matado.
Aunque con picardía expliquen que no están en contra de
Cuba sino en contra de Fidel.
Para acabar con Fidel deberían
acabar con todo Cuba.
Y eso lo han intentado por todos los medios.
Bombardeo e incendio de cañaverales (la principal fuente de recursos
de la isla), dumping de los precios internacionales del azúcar,
Guantánamo (la añorada Caimanera injustamente incautada
como base de los marines), Bahía de los Cochinos, el bloqueo,
el invento de la "Cuba del exilio", las presiones en la ONU
y en la OEA, el terrorismo mercenario, la prensa anticubana, la prédica
constante (miente, miente, que algo quedará, al estilo de los
viejos nazis), el soborno de cipayos, la seducción vía
modelos consumistas tipo MacDonalds o Las Vegas, campañas
multimillonarias que van desde la producción de costosas películas
de acción y "documentales" hasta el sostenimiento de
canales de TV, periódicos y revistas anticastristas, en fin,
una enumeración larga y repugnante.
Mi edad (68) me permite el privilegio
de relatar de primera mano cuestiones que las nuevas generaciones no
vivieron. Y de los libros se obtiene información pero raramente
se extraen vivencias. Cuando quiero hablar de Cuba, lo primero que acude
a mi memoria es la Cuba de Batista.
El sargento venido a más, títere complacido -y complaciente-
de tres presidentes y los peores capitales norteamericanos del juego,
el contrabando y la prostitución, pasó a la historia por
convertir a Cuba en un inmenso garito, en un gigantesco prostíbulo.
Un negro período de 26 años. Apartado de todo proyecto
productivo.
Un país bestializado y analfabeto, abandonado en salud y en educación
hasta extremos que debieran recordar quienes se llenan la boca "exigiendo"
elecciones y plebiscitos, queriendo hacernos creer que las herramientas
son fines y no medios.
Gobernado a fuerza de whisky, dólares y balas.
Acudiendo a nuestra propia historia,
se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego.
La revolución cubana no es un
estallido coyuntural.
El movimiento triunfa y accede al poder en 1959. Pero ya lleva tras
de sí -por entonces- seis años de lucha y muchos muertos.
El asalto al cuartel Moncada, la epopeya de la Sierra Maestra, la entrada
en La Habana y la victoria de las armas marcan el inicio de la construcción
revolucionaria.
En 1961 la UNESCO reconoce a Cuba en
uno de los primeros lugares en cuanto alfabetización de su pueblo.
Y se pone en marcha un ambicioso programa de salud que en pocos años
pasa a ser modelo, colocando a la práctica y a la investigación
médica a la vanguardia del mundo "civilizado."
Desde 1959 hasta hoy, Cuba ha debido superar toda clase de obstáculos.
Desde la crítica solapada hasta el ataque directo.
Considerando -además- que se encuentra a escasas 150 millas del
territorio de los Estados Unidos, la sobrevida de la revolución
es un milagro que sólo se explica por el heroísmo y la
férrea determinación del pueblo cubano de llevar adelante
el proceso, a costa de cualquier sacrificio, incluso de la vida misma.
Mi afecto y admiración por esta
gesta no son utópicos. No creo que todos hayan sido aciertos.
Entre once millones de seres humanos es razonable pensar que aniden
la cobardía, la envidia, la pereza, el egoísmo y la ambición.
Lo formidable es la percepción de que -a despecho de esta circunstancia-
los valores que se establecen como pauta son la solidaridad, el trabajo
y la generosidad.
Valores que evidentemente la mayoría del pueblo cubano comparte
y acepta.
Esa y no otra es la razón de la vigencia del modelo revolucionario,
después de 44 años terribles en muchos aspectos.
Pertenezco a la generación de
la fábula del tiburón y la sardina.
El tiburón de Arévalo ha crecido en años y en voracidad.
No en desvergüenza, que en eso ha sido una bestia precoz.
Los dientes impiadosos del imperio se han clavado una y otra vez en
la carnes de nuestra América. Alaska, Tejas, La Florida, California,
Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Dominicana, Méjico, la Cuba
española, Colombia (y la fantasiosa Panamá), Puerto Rico,
Granada, Brasil, Haití, Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador,
Chile, Uruguay, Paraguay ¿me olvido de alguna víctima?
Error mío, en todo caso, no de sus dientes.
Si queremos poner otros nombres al apetito
del monstruo, digamos entonces United Fruit Co., Standard Oil, Patiño
Mines, Banca Morgan, Remington Rand, Anaconda Copper Mines, ITT, Sterling
Drug Inc., Eximport Bank, Harold Geneen, Gulf Oil Co., Liberty Corporation,
Standard Fruit & Steamship Co., International Paper, Castle &
Cook, California & Hawaii Sugar Co., Chase Manhattan Bank, Kennecott
Copper, IBM y Cargill. La lista completa es kilométrica.
Y si pretendemos trazar un perfil, la
síntesis es "vale todo." Presiones económicas,
atentados, secuestros, asesinatos, chantaje, desembarcos, bombardeos,
derrocamientos, sabotaje, espionaje, estafa. Un tiburón con alitas
y aureola.
Que se silencie este cuadro casi demencial
para apuntar al carácter "antidemocrático del régimen"
o a la dureza de las medidas que el gobierno de Cuba toma en nombre
de sí, de su seguridad y de su soberanía, me parece un
ejercicio fariseo.
Aunque por supuesto separo perfectamente a los amigos de Cuba de sus
enemigos.
Pero sospecho que, así como en
los 60 y los 70 era de buen tono apoyar a la Revolución, la moda
marca ahora un tono crítico y fruncimiento de cejas cuando se
trata de comentar una condena a prisión o un fusilamiento.
Y esto sí me parece el colmo de la hipocresía en unos
y un tanto de ligereza en los "amigos."
Porque de los enemigos sabemos que sólo pueden venir golpes.
Pero que los del palo pisen el palito
me da pena.
Aprecio a algunos de los detractores.
A varios de ellos los admiro.
Y no dejaré de hacerlo porque a partir de este momento nuestros
puntos de vista acerca de Cuba diverjan.
Pero agregaría que si un personaje sin duda meritorio como Saramago
se siente impulsado a declarar públicamente "
a partir
de esto, Cuba seguirá su camino, yo me quedo aquí,"
es sobrevalorarse de un modo casi desprolijo. Y además innecesario.
Casi hermanado -salvando las distancias- con un señor tal vez
menos meritorio, que en su momento auguró un triunfo glamoroso
"conmigo o sinmigo."
27 de Mayo de 2003
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