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Como una conjunción astral exótica, así
estamos desde que Néstor Kirchner asumió la presidencia
del país.
Lo sugerente de esto no es tanto el carácter poco ortodoxo de
nuestro flamante presidente, sino más bien que su viento huracanado
generó terremotos allí donde la cimiente cultural y política
parecía sólida.
Ya sea a favor o en contra de las diversas políticas de estado,
cada sector tenía su argumentación terminante para denostarlas
o aplaudirlas.
Hoy no. En el nuevo escenario no sólo se modificó la escenografía,
también se modificó el guión y esto hace que muchos
se hayan quedado sin letra.
Desde la extrema izquierda, hasta la extrema derecha de siempre, y pasando
por los nuevos progresistas de ambas puntas, en estos días no
hacen más que tintinear los dedos y recorrer una y otra vez los
manuales o apuntes sobre cómo se tienen que hacer las cosas,
o no se tienen que hacer.
No encontrando, en sus largos y tediosos escritos y discursos una línea
conocida y equiparable a los gestos de este nuevo presidente. Tal vez
lo más notable de este nuevo presidente es su capacidad de desestructurar
compartimentos estancos.
¿Es de derecha? ¿Es de izquierda? ¿Es tibio? ¿Es
revolucionario? ¿Qué es Kirchner?
Importa, acaso, definir tan meticulosamente a que línea
ideológica corresponde quien manejará los hilos de nuestra
historia durante los próximos cuatro años, o importa realmente
qué hace para tratar de sacar a la Argentina de la inmoralidad,
la desesperanza y la tristeza.
Esa es la apuesta fuerte en la que el primer mandatario y cada uno de
los ciudadanos estamos comprometidos.
Teniendo en cuenta esto y la difícil partida que nos toca jugar
a todos, más vale calmar los ánimos, detenerse un instante
frente a los deseos frustrados o los deseos exaltados que genera esta
novedosa gestión de gobierno, y dejarlo andar.
Como lo dijera en su discurso aquí no hay cheques en blanco,
el presidente lo sabe, pero también lo sabe el resto de la sociedad
que será quien, en definitiva, dará su fallo positivo
o negativo a esta administración.
El pasado, como un fantasma macabro y vengativo, vuelve,
pero vuelve sobre todo en aquellos que no supieron resignificarlo, superarlo
y aprender de él.
Kirchner, como muchos, lleva sobre su espalda el estigma de los años
70, como muchos fue un joven soñador con la ilusión de
construir un mundo más justo, acertado en la voluntad y errado
en la metodología.
Y, como muchos, pagó caro este error. Pero basta ya, basta de
seguir confundiendo las aguas.
Volver a ventilar el prontuario de los setenta, así sea como
amenaza o como expresión de deseo reivindicativo treinta años
después, es no comprender cuál era el mundo de aquella
tormentosa década, y mucho menos cual es el mundo hoy.
Antonio Machado decía: "Caminante, no hay
camino, se hace camino al andar".
Atrevernos a crecer significa, también, desprendernos de viejos
prejuicios, viejos dogmas que nos condujeron al más estrepitoso
fracaso, tanto en el campo de la izquierda como en el de la derecha.
Kirchner, simplemente representa los primeros pasos de una sociedad
que tiene que demostrar, de una vez por todas, su madurez.
Dejémoslo andar, y cuando veamos que sus pasos
se distancian de nuestras huellas salgamos, no a destruirlo a él,
sino a rectificar el camino con o sin él.
"Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve
la senda que nunca se ha de volver a pisar
"
12 de junio de 2003
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