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Tengo la sensación de ser ciudadano de un país que sufre
una profunda disociación, no existe una Argentina sino dos y
una de ellas es la Argentina paralela.
Los acontecimientos, los hechos, el devenir cotidiano, se originan y
fluyen simultáneamente en las dos Argentinas, pero claro está,
son distintos, extremos opuestos, pertenecen a dos realidades diferentes.
Es por este extraño fenómeno que los argentinos, hoy,
tenemos ampliamente desbordada la dimensión comprensiva, así
como también la capacidad de asombro.
En una de las Argentinas, aún se está
viviendo una catástrofe.
Santa Fe sigue anegada, los muertos son muchos más de los que
declaran, hay casos de hepatitis.
El cuadro podría empeorar pues se espera la aparición
de enfermedades entéricas, como la salmonela, la gastroenteritis
y también la disentería.
Además, se han confirmado casos de leptospirosis y se teme una
epidemia.
Los pobladores, en estado de conmoción total, caminan de un lado
a otro sin rumbo fijo.
¿A dónde ir? Un largo camino hacia la nada. Otros aguardan
todavía sobre el techo de sus casas mirando el agua, con una
mirada extraviada que se pierde en el horizonte.
Los más favorecidos volvieron a la copia de lo que en un tiempo
atrás fuera su hogar.
Como extraído de un cuadro de otras nefastas épocas argentinas,
el ejército, la prefectura y la policía, lo rodean y vigilan
todo, armados.
En las calles hay gente, mucha gente, que en algunos momentos se detienen
a hablar con alguien conocido porque el azar favoreció su encuentro.
Los temas son recurrentes: el agua, la muerte, la nada, el después.
Ciento doce escuelas no funcionan, han perdido todo.
Y todos perdieron todo.
En la misma Argentina de la inundación santafesina,
los docentes y alumnos entrerrianos aún no han podido comenzar
el ciclo lectivo porque a los maestros el gobierno provincial les adeuda
el pago de los meses de marzo y abril, dos aguinaldos y adicionales,
así como también la devolución de descuentos.
Es la misma Argentina donde más del 25% de la población
no tiene acceso a la canasta básica de alimentos, la misma donde
los chicos mueren de hambre.
La Argentina en la que no hay trabajo, en la que muchos niños
viven por la calles, mendigando, durmiendo en las plazas debajo de los
bancos tapados con cartones y diarios.
El mismo lugar donde la mayoría de las veces la justicia no resuelve
los casos, aunque tengan la gravedad de un crimen, porque algunos políticos
mediáticos y demagogos le han vendado sus ojos. También
es la Argentina donde el pueblo aprendió a ser solidario, a brindar
una mano a su vecino porque logró ponerse en el lugar del otro
e interpretó su dolor o su rabia. Aquí vivimos gran parte
de los argentinos, dificultosamente, tratando de entender nuestra realidad
cotidiana, llevando nuestras vidas adelante con esfuerzo.
Cada uno, tratando de aportar algo, por pequeño que sea.
En la Argentina paralela, otras historias se viven y otros relatos nos
llegan.
Desde hace dís se están sucediendo en ella hechos increíbles,
tan sorprendentes como que uno de los candidatos para el previsto ballottage
del domingo ha jugado con toda una sociedad.
Una obra de teatro desquiciada y desquiciante.
Mientras tanto, la vida sigue en la otra Argentina.
La provincia de Santa Fe, Entre Ríos, el hambre, la desocupación,
las injusticias, los chicos de la calle, todos nosotros y un enorme
etcétera, permanecemos de este otro lado.
Y desde aquí observamos los juegos de los políticos, con
mezcla de azoramiento e impotencia contenida y les gritamos desesperadamente
para que sepan que existimos y nos escuchen.
La realidad está acá, en medio del agua y de otras tantas
cosas que nos ocurren.
Ya es tarde para jugar y tampoco queremos que jueguen con nosotros.
Pero por muy fuerte que gritemos, parece que en la Argentina paralela
nadie tiene la capacidad de escuchar.
Gral. Pacheco, mayo 17 de 2003
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