La piña que no pasa por el coladorFrancis Sánchez |
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Carta abierta al periódico
Invasor (Ciego de Ávila, Cuba), 16 de mayo de 2005.
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| La polémica de si Warapo o Vinagre que se traen en la página cultural de los últimos números, a propósito de un hecho ocurrido tras telones del festival de música fusión Piña colada, parece ya el colmo del amarillismo barato y nada culto que se ha convertido en un estilo de la tal página. ¿No tienen desarrollada una capacidad de percepción para la cultura? ¿No para detectar y dimensionar verdaderos puntos neurálgicos en la madeja de la creación artística y su recepción? ¿No para enfocar fenómenos culturales con mirada trascendente, ubicando y tratando aquello que dinamiza y expande, en vez del chisme reductor cuyo desarrollo y desenlace los conduce a morderse la cola con más y peores anécdotas? Los temas que son servidos rocambolescamente en la gran mesa de este medio masivo —como el de última hora: que si la agrupación musical Warapo cobró por montarse en una guagua, que si pedían aire acondicionado, que si habían acordado previamente un transporte con comodidad, etc.—, haciendo pasar esos temas por platos fuertes, y los pobres instrumentos con que los trinchan, nada dicen de sus víctimas peor que del periódico, o sea, del periodismo “cultural" que se emplea en la búsqueda siempre del dato picante pero frívolo, la opinión punzante pero estéril, la descalificación epatante pero insustancial, y en general abocado a levantar más ronchas y extender menos luces. Por supuesto, quienes responden para participar en esta última "polémica" son quienes de una forma u otra están ligados a los hechos —padres, amigos, funcionarios, etc.—, y quienes llegan desde fuera a "opinar", como se meten en camisa que desconocen y que es poco ancha, corren, además del precio de la superficialidad, el peligro de no estar enterados sobre una o más anécdotas, qué dijo el chofer, qué muelle roto había en un asiento, qué ventanilla de la guagua no abría: es el círculo vicioso, cuando la crítica y la cultura se apolisman como una piña en el molde del chisme. Semejante afán de armar escandalitos, sacándole paños menores a la gente, resulta, cuando menos, una indigencia profesional. El mundo es todavía mucho más imperfecto que todos los desaguisados que periodistas puedan coleccionar. El mundo y la vida defraudan aún más que lo que se demuestre con cuantos traspiés puedan publicarse en páginas del semanario Invasor aunque este se convierta en un diario y aumente a 20 páginas. Claro, los seres humanos, y entre ellos quienes hacen cultura, y por tanto, actos y productos de esos seres, son también así de imperfectos, llenos de errores y matices. El simple hecho de descubrir descocidos y patentar el “invento”, la noticia, poco tiene de heroicidad intelectual. Hacerlo sin inteligencia que rebase la curiosidad y el espectáculo del denuesto, es un crimen de lesa cultura. En este punto, parece evidente que hago un balance de la práctica "crítica" del periódico Invasor. No es fortuito: el balance se impone implícitamente, para lectores, críticos en potencia, y todos, actores de la cultura o meros testigos, desde el interior de cada trabajo publicado, desde el momento en que se echa a ver qué ha dejado de escribirse, qué posible noticia quedó sin imprimir, qué aspecto mejor o peor del mismo hecho cultural dejó de destacarse. Al ser el Invasor el único periódico que se imprime en esta provincia —donde los historiadores ubican la existencia de varios décadas atrás—, y dependiendo su exclusividad no del bolsillo de un potentado sino del erario público y de la representatividad territorial, obviamente parece que su compromiso, a la hora de elegir, aumenta. Salta a la vista que, teniendo delante el prestigio alcanzado por un músico como Arnaldo, sus muchos éxitos recientes, y el amor por su terruño que ha madurado en la concreción de un proyecto tan ambicioso como el festival Piña colada, recibiendo todo eso, lo que pasa por el filtro del periódico Invasor, lo que tienen que consumir sus miles de lectores y lo que queda inevitablemente archivado en bibliotecas para guisa de investigadores futuros, es sólo esta malísima comedia de enredos. ¿Se ha sido útil? Y, si creen haberlo intentado a corto o mediano plazo, ¿lo han intentado precisamente de la manera más útil posible, o al modo más vulgar y festivo? Es lección de orilla que podemos escribir correctamente como un redactor de la revista Hola, o decir verdades del mundo del espectáculo como cualquiera de ellos hacen a costa de destapes de infortunios, meteduras de pata y equívocos, incluso alcanzar iguales cotas de popularidad, pero —nos lo demuestran— ir por senda completamente contraria a la auténtica cultura, estar desperdiciando toneladas de papel. En esta última polémica del Invasor, la verdadera cultura jamás actúa como protagonista. Aquí, en su ausencia, medran actitudes parásitas como un seudoproletarismo que establece parangón entre trabajadores y artistas (¿los que hacen divertir no trabajan también?), pasando por la lupa a estos últimos, sus modos de vida y de remuneración. Pero lo peor para mí es que, haciendo balance de la crítica manejada en la página cultural del Invasor durante los últimos años, desenfoques tales son la regla: comentarios donde prima una visión superficial, el ajuste administrativo, el prontuario autobiográfico, la ironía y el choteo cargados de intereses sobre los que poca o ninguna información manejan los lectores, a quienes emotivas estimaciones son dadas por dogma. El error de percepción está en un periodismo donde el que escribe se toma a sí mismo como más digno de atención que todo lo que lo rodea. De tal modo, los lectores del periódico —esa masa popular, amplia y diversa, a la que llega una publicación como esta, máxime cuando faltan opciones en los estanquillos—, con la apreciación de los trabajos, sobre todo aquellos de intención polémica, pierden la oportunidad de asistir a una genuina superación cultural, no participan de un contrapunteo de conceptos, teorías, enfoques que ayuden a encarar la cultura humanista como un crecimiento personal. Mi afirmación, al mismo tiempo que es tan seria, es una generalidad; sin embargo, creo que en esencia soy preciso. Renuncio aquí a deslizar lista interminable de ejemplos, traigo uno apenas: en una reseña del libro "Meditaciones de Caín" (Ed. Ávila, 2000), del escritor Rigoberto Fernández, el periodista se desvivió en elogios sobre la obra literaria y el trabajo de edición, sólo para llegar al final a sugerir en tono sacado de contexto, como si de una disputa callejera entre dos íntimos se tratase, que esas calidades del libro iban a causar envidia. Lógico suponer que sentimiento tan bajo (y tan infundado) quisiera aplicarse a colegas del autor del éxito, es decir, escritores. Pero, desde el punto de vista de los lectores del periódico, de los datos que tienen a mano: ¿torcimiento así no queda exclusivamente dentro del ojo que mira? Digo el ojo, es decir, el periodista, contando con que objetivamente semejante sentimiento se presenta sólo en sus palabras y nadie fuera de su círculo, ningún lector común conoce ese contenido supuesto, la verdad, si es que existe en un futuro improbable, si es que la envidia puede hacerse realidad después que el periodista clama por ella. La presencia de esos sentimientos manejados en el trasfondo de una reseña literaria, quedó entonces vedada y subrayada como un precioso chisme. José Aurelio Paz ha sido el periodista a cargo de la página cultural durante años. Los escritores hemos sido, todo este tiempo, de los peor llevados y traídos en una madeja de metáforas, ironías e insinuaciones con las que, entre lectores ajenos al mundillo del gremio, tratan de fundarse estados de opinión —como en el ejemplo anterior— donde argumentos brillan por su ausencia. Cuando Ediciones Ávila abrió una etapa de madurez, publicando un libro con todas las de la ley, quiero decir cubierta con colores y demás —Equilibrio, de Elsa Burgos, en 1996—, se ganaron, autora y editores, una crítica demoledora, con un título irónico a más no poder contra escritora entradita en años: “Ese viejo Pierrot sin facultades”. Dejando a un lado el equívoco de que entonces se confundiese diseño con ilustración, en un mar de señalamientos donde al parecer ni el diseñador José Rolando Rivero ni los editores Sergio González y Yamilé Tabío habían reunido mérito alguno, la pregunta es: El mismo periodista —por cierto, intentó ser escritor alguna vez en su juventud y trabajó como asesor de un taller literario—, ¿no tuvo tiempo para detectar lo feliz del alumbramiento de una editorial tras larga gestación? Creo que hubiera sido fácil advertir tamaña felicidad levantando el ángulo crítico desde la almohada personal, y enfocándolo sólo un poquito desde la comunidad de creadores y el producto global de la cultura, que se potenciaban con el acontecimiento. Luego, los ajustes de cuenta a las letras se han mantenido. Dechado de prejuicios fue el escrito que dio cuenta de la primera mesa redonda con que la UNEAC trató de abrir recientemente un espacio para el debate crítico. Redactado en un lenguaje marcial, como si hubiésemos asistido a un encuentro entre Tirios y Troyanos, el artículo nada transmite al lector del presente ni del futuro sobre lo que allí pasó, con nada enriquece, sólo sabemos las sensaciones de su autor, sus frustradas ínfulas terroristas, como la decepción que sintió cuando hizo su intervención en aquella mesa como si arrojase una bomba —palabras suyas— y esta cayó en colchón de plumas, nadie le hizo caso. La página completa dedicada, en el fragor de la pasada Feria del Libro, a reproducir el gran brindis con que se homenajeó al popular comentarista deportivo Eddy Martin en el hotel Sevilla, resume, si faltaran más y mejores ejemplos, cómo puede rebajarse la cultura a glamour. “Nos bebimos a Eddy” decía el periodista en una frívola receta de coctelería, mientras un legítimo escritor como el avileño Roberto Manzano, ganador del principal premio de poesía del país, pasaba casi sin penas ni glorias por la ciudad. Lo absurdo vino después, cuando el mismo periodista, y no otro, en una escueta nota valorativa del evento, fue quien criticó ese brindis como una actividad hasta cierto punto desafortunada. Cualquier error a puertas cerradas jamás fue tan importante como el que se difundió a página completa. Parece innegable que, para este periodista, ser escritor de esta provincia es un hecho lleno de negatividad, según traslucen sus propios comentarios. La superchería de definiciones negativas, descalificaciones a priori, pudiera rastrearse entre infinidad de artículos. ¿Tal predisposición consiste en un reflejo relacionado con su experiencia íntima en un destino que lo condujo desde los talleres literarios a la redacción de un periódico? No tenemos derecho a saberlo: sólo sus prejuicios llegan objetivamente hasta nosotros. Como muestra de la cosecha a que me refiero citaré sólo un párrafo, tomaré una perla del collar de prejuicios. Valga como recordación de los clichés del quinquenio gris que sufrió en los años 70 la literatura cubana, bajo idéntica subestimación de la capacidad receptiva y expresiva del pueblo, cuando también la complejidad y la búsqueda de una cultura de referentes autónomos se caricaturizaban trayendo a colación la sombra de Lezama Lima, nuestro gran poeta barroco. Ahora, cuando el tiempo ha puesto a Lezama y a sus mediocres verdugos en los lugares que se merecían, es lugar común dar por salvado el árbol, considerar a Lezama necesario, pero se sigue condenando su sombra, su influencia, en medio de falsas posturas populistas. La cita en cuestión pertenece al trabajo “En fin, el mar”, reflexión hecha en los días de la XI Feria del libro en Ciego de Ávila, año 2002. Sépase que aquí el periodista recorrió frases y anécdotas de clásicos de la literatura universal, y que el único momento en que tocó tangencialmente lo que pasaba en la Feria, la única nota de actualidad donde estableció referencia con escritores contemporáneos y avileños, con sus obras, fue para dejar semejante observación: Cuento estas historias, a tenor de estar la provincia en pleno apogeo de la XI Feria Internacional del Libro, porque, actualmente, a algunos ¿escritores? les ha dado por ser criptas egipcias en medio de esta Isla del Caribe. Son esos que pretenden ser una copia al calco del irreproducible Lezama... (solo que con el dos por ciento de la cultura y del coeficiente de la inteligencia que sustentaron la obra del autor de “Muerte de Narciso”.) Los que viven del barniz y no de las esencias de la madera cuando los grandes libros son los que vienen revestidos (…) de la mayor sencillez del mundo. Y acaban, so pena, esos "escritorazos" siendo como camaleones camuflados a los que usted le rasga la piel, con la levedad de una uña, y no encuentra sustento cultural a sus poses de erudito. El último aspaviento, con el que se ha pasado por un colador el evento de música fusión organizado por Arnaldo & su talismán, es un hito en la existencia de una página y una sección crítica que siempre ha lamentado la falta de interés de otros analistas que rebasen el mero careo de demandantes y demandados. Justificada pérdida de interés, creo yo. Ocuparse de pescar salpicaduras de vinagre y guarapo en el río revuelto de la creación y el debate de valores estéticos, ocultarse tras bambalinas del arte en busca de descocidos y lentejuelas, está costándole caro a la cultura avileña, y mientras pase el tiempo y vayamos a consultar el Invasor a las bibliotecas para reconocer lo que el viento nunca debió llevarse, este costo parecerá cada vez más alto. Sí tenemos derecho —artistas y humildes lectores— a necesitar que, en el seguimiento de la actualidad cultural por parte del Invasor, haya menos prurito de escándalo y mayor voluntad de promover y servir proyectando una dimensión de la cultura integral desde posiciones inteligentes; menos tenacidad en sostener un altercado privado a costa de gustos y suspicacias, y más empeño en reflejar la labor de los verdaderos protagonistas de las letras y las artes, quienes trabajan precisamente en muchos lugares fuera de la página cultural del periódico Invasor, por eso esta existe, ¿o no? Francis Sánchez (Nota: Acepto, pido que esta carta se publique en la página cultural del periódico Invasor, completa o nada, y lo que es imprescindible: sin esas cuñas al principio o al final con que suele castigarse a los colaboradores.) |