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Hubo una larga noche.
Larga noche de poetas cercenados
y cuchillos hambrientos.
Noche de botas decapitando la espiga
y asesinando pájaros al compás chirriante
y obsceno de las esvástivas marchando.
Fue por cierto una noche de walpurgis
sanguinariamente larga, sin Novalis y sin Wagner
huérfana de canciones, huérfana de piedad
huérfana de amanecer.
Una acantilada noche de brazaletes y vampiros
codiciosos de desnudez y sangre,
ávida de neuróticas antorchas encapuchadas.
Preñada de uniformadas calaveras
coaguladas,
bestiales, ahítas de charreteras y crespones.
Pérfidamente acarreaban su veneno gerifaltes tonantes
y cuervos predadores, incurable quemadura provocaba
el roce de sus plumas, todo vigor bajo su negra luz
desfallecía, toda fuente quemada, tanta cisterna estéril
cada semilla inútil agonizando en féretros de plomo.
Sobre la desolación del salitre
navegaban los parches
amarillos y las nubes de prusiato, fue el reinado
de los mariscales de hierro y los federicos del arsénico.
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Pero hubo una mañana en que con inconsciencia
alzaron vuelo las tibias y los fémures
y el empavorecido mosto de la desesperanza,
rústico villancico prevaleció con manos y paciencia
sobre el graznido de las botas
sobre el encendido aliento de los dragones crematorios
sobre la pestilencia prepotente de los monaguillos
del terror y la pólvora.
Hubo al cabo una mañana de sepultar otra vez
en sagrado
a nuestros muertos, plantar árboles nuevos en los calcinados
cráteres, tiempo de edificar sobre los quebrantados
estandartes un oleaje de himnos proletarios.
Esa mañana, tristes todavía, para recomenzar
amurallamos
el horror en crónicas para la memoria de toda generación
y nos atrevimos nuevamente a fecundar los surcos y los lechos.
Hubo una mañana en que a despecho de alambrada
y látigos
estallaron de pánico las horcas y entre una erupción de
olivas
y palomas se suicidaron los halcones.
Hace cuarenta años hubo en el mundo esa mañana.
Buenos Aires, mayo 1985
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