Como los marineros

Gregorio Echeverría

 

Llegará una mañana de navegar el último pasillo
y abrir la última puerta,
desencuadernado el atlas de las constelaciones,
exhaustas las alforjas y resecas las ánforas.
Será domingo y habrá un último vaso de vino
y el inefable goce de la novena sinfonía;
evitaré estar triste a pesar del cansancio y de los pies hinchados;
me asistirán la sombra de Borges desde Suiza
y los apretujones de manos de Cortázar
o inventaré un versículo del Génesis;
habrá el dolor callado de una esposa,
las inevitables lágrimas de un hijo, todo eso que se estila
para las interpretaciones fuera de programa y los epílogos.
Vaciaré el corazón y los bolsillos para flotar sin lastres,
alguien se ocupará de mis poemas
y de ordenar las magras pertenencias.
Querré saber si hay sol, si en la calle se oye volar el viento;
al fin —ya al margen de relojes, brújulas y calendarios—
respiraré un licor de casuarina y sauce
entretejiendo trébol sobre mis limoneros.
Retomaré el adagio con aquellos cangrejos
en la playa de mis bisabuelos,
abriré mi tatuaje a las gaviotas y haré sombra
a la sombra de los antepasados absortos en sus redes.

Pienso en Machado y lo comprendo:
solo y desnudo —como los marineros—
andaré ese pasillo y golpearé a esa puerta.

San Isidro, julio de l987