Gregorio Echeverría

Zapping

(fragmento)

Hambrientos de paz y llenos de cicatrices de esas que porfiadamente no se cierran y lastiman hacia adentro, avistamos la isla. Hay quien cuenta que se llegaba navegando por el Luján hacia el este. Río Sarmiento al norte y al llegar al San Antonio, de nuevo al este. A un par de millas teníamos a babor el Dorado. Y más adelante el Sábalos. A menos de una milla, La Cautiva.
Para mí la isla nunca tuvo coordenadas. Estoy seguro de que puedo buscarla con las mejores cartas. No acertaría a encontrarla. Ya no existe. Es más, hoy dudo si alguna vez existió, fuera de mi imaginación y de mis ganas. Sé que en medio del silencio y la soledad navegamos una mañana por el delta. El Tempe, lo llamaba Marcos Sastre y supongo que hubo un acierto en esa idea. Yo tenía la isla desde hacía mucho tiempo adentro. Armada medio a los ponchazos con lecturas adolescentes, con versos sueltos y algunas narraciones nuevas. La isla de los Robinsones. La isla misteriosa. La isla del tesoro. Los tesoros de la isla de Creta. El coloso de Rodas. El Faro del fin del mundo. La isla de Guilligan. Delito en la isla de las cabras. La isla a mediodía. Una expedición a las islas Orcadas. La isla de Pascua. Juan Fernández que era —dicen— la de Robinson Crusoe. Las Galápagos. La isla de Aldous Huxley. La isla del Diablo. Alcatraz. Manhattan. Cuba la perla de las Antillas. La isla Tortuga. Jamaica. Las Baleares. Las Canarias. Gran Canaria. Gomera. La del Hierro. Lanzarote. Martín García. Alto verde. La isla Victoria. La isla Huemul. No se trataba —en última instancia— de copiar algo visto anteriormente. Diría casi un modelo para armar. Como el de Cortázar pero con agua y con muelles y con casuarinas y cangrejos. Una tarde empecé a cavar el zanjón en todo el perímetro. Mi isla debía tener una parte habitable, cerca de un arroyo. Y otra parte agreste e intransitable. Con algunos indefinidos pero reales peligros. El suelo era en general flojo, como todo terreno sedimentario. Procuré que el fondo del zanjón aquel no fuera demasiado parejo, para que el agua pudiera saltar y cantar al correr. El zanjón no daba toda la vuelta porque me hice cargo de lo ímprobo de la tarea. Crucé transversalmente al llegar a unos trescientos pies de la costa. Que en verdad tampoco era costa todavía. Cuando la zanja estuvo lista, me ocupé de dibujar un contorno por delante del cual haría correr el agua. Con la costa a medias delineada, ya me di cuenta de que iba a tropezar con algunos problemas para moverme fuera de los límites. Además no me convencía la terminación abrupta de mi costa, porque a partir de esa frontera la vista se perdía en una masa brumosa indefinida. Ambigua sería la palabra, claro. Pero era de esas palabritas que me escuecen de sólo pensarlas. Demasiadas ambigüedades había ya en mi historia personal. Seguí dibujando costa y preparando albardón hasta donde me daba la vista, para en el lugar donde estaba previsto montar el muelle. Las herramientas fueron ciertamente primitivas, como corresponde a la idea directriz del proyecto. Palas, azadas, hacha, machete, horquilla, una sierra tronzadora.◊