Gregorio Echeverría

Zapping

(Fragmento)
Sigo escarbando nombres en el fondo de esa interminable olla que de repente te aparece limpito como recién salido de fábrica y entonces pensás ya está. Te deja respirar apenas en la ilusión de que ya no más terapia, no más la cara del hijo de puta gozándote y sacando cuentas de las vacaciones que le vas a pagar con las próximas cien o doscientas o doscientas mil sesiones. Estos tratamientos, cuando los bloqueos son viejos y está de por medio la función encubridora del ello, usted sabe claro, yo intento penetrar…
Por cierto que lo entiendo. Y me duele como si me penetrara de verdad. Oh, Freud, qué mal te hicimos los destetados a contramano, los concebidos a destiempo, los huérfanos a contrapelo, los náufragos a contramundo. Y salta uno al azar. Chechera. Rápido la maquinita de clasificar, de visualizar, de enmascarar. Cutis moreno. Pelo ensortijado. Labios gruesos. Ojos negros de mirada algo torva. Barrio Parque sin dudas. El estrato más potente de todo el yacimiento. Si fuera Tato el arqueólogo habría material para dos o tres ciclos o más sin salir de los precisos-imprecisos límites.
Como me jodió siempre este asunto de los límites. Ponerle límites a todo. Establecer adecuadamente los límites. Respetarlos. Temerlos. ¿Cómo será vivir sin límites? No estar pendiente del límite de velocidad, del límite de lo prudente, del límite de lo admisible, de lo permisible, de lo susceptible, de lo honesto. El límite de tu tarjeta. El límite de tu módico descubierto en el banco. El límite exacto entre avanzarse a la morocha que te sonríe desde la otra mesa con las piernas entredescubiertas entreabiertas y ligar una cortada de rostro y no hacerlo y quedar como un enorme pelotudo delante de la gilada que contiene el aliento y casi te están empujando. En cálculo dos ni hablar del quilombo del cociente diferencial y el paso al límite. Y sin haber resuelto ni medianamente el balurdo, caer de sobrepique en las integrales definidas y vuelta a la historia de límites y más límites. Límite frontera que te saca violentamente del cálculo diferencial y te tira como un trapo de piso en los enredos de una geografía caprichosa que escapa a la ingeniosidad ingenua de Tom Sawyer y no te deja acudir al sencillo expediente de Illinois es verde-Indiana es rosa. Fronteras de verdad que se definen malamente —buenamente— con laudos y arbitrios y fallos salomónicos pandemónicos. Y los leguleyos y los diplomáticos corridos y de carrera que te atosigan con las poligonales y la línea de las altas cumbres y la divisoria de las aguas y toda la mierda. Te deum laudamus. Que se haga como está dicho. Que se publique. Que se acate. Otrosídigo.Cómo es poner límites a lo negro de las cuencas vacías del cráneo de mi padrino, a la tersura de los muslos de Norma Oleastro cuando levantaba la pierna derecha en palomita en las cicloides perfectas de Cuentos del Bosque de Viena o Rosas del Sud.
Al perfume inefable de los pezones de Ana María virando hambrientos del rosado al violeta intenso a compás de una tormenta que simultáneamente nos empujaba casco contra casco, arbolabura contra arboladura, abismo contra abismo y al instante nos separaba como las bolitas de médula de sauco del experimento de la electricidad estática y el péndulo. Cómo atravesar ese perfecto estrecho sin que Escila virara a levante y Caribdis a poniente y entre ambas uno —dos— inermes inertes quebrantados una vez y otra y más y más hasta la siguiente, la enésima, la finalísima cuando ya no podíamos pero queríamos poder. Mea culpa. Mia colpa. Mia sfortunata colpa. No fornicarás. Todo lo demás te está permitido. Cunilingus. Anilingus. Inter femore. As you like it. Pero eso no. Ese es tu límite. Ese es el dedito que te hace señas mientras el querubincito arquero te hace burla y cosquillas con sus dardos y sus flechas y se ríe con la risa de todos los cascabeles de todos los polichinelas.
Ahí no, porque te caen los códigos. Y el inquisidor rubicundo te interrogará una y otra vez relamiéndose los labios leporinos y babeando como un down. Para que diga si se concretó la inmisio pennis. Para que diga si se produjo el seminatio intra vas. Para que sepa que no se trata de que entienda porque hay que entender. Se trata nada más de acatar. Acatar la ley. Es decir, la Ley. Sabiendo que te vas a tapar las orejas para dejar de escuchar las preguntas punzantes, portentosas, procaces. Porque te están provocando —como al toro— para que confieses que hiciste lo que no hiciste. Pero como saben que querías hacerlo, que te hubiera cerrado hacerlo, actúan como si de verdad lo hubieras hecho. Hubieras o hubieses. Portento del subjuntivo. Magia del condicional. Catarsis de las conjugaciones-conjunciones. Era la sombra imprecisa —impredecible— tentándote desde el otro lado del espejo. Pero no, trampa, porque delante del espejo se te aparece Daniela. No justamente toda ella, no. Un imponente primer plano de sus senos, un macro de sus ampulosas turgencias pugnando por desatar todos los nudos, reventar todos los límites. ¿Otra vez?
Senos prepotentes y a un mismo tiempo indefensos, clamorosos de cuidados. Una piel sonrosada tensa palpitando a compás de sabe Dios qué imperdonables imaginerías. Odioso laboratorio masturbatorio donde ineludiblemente desembocan todas las bocas, pasamanos de todas las manos, cerradura de todas las ganzúas.◊