| Marcos Sastre | |
El Tempe ArgentinoCapítulo 1 / Introducción |
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| No lejos de la ciudad
de Buenos Aires existe un amenísimo recinto agreste y solitario,
limitado por las aguas del Plata, el Paraná y el Uruguay. Ninguno
de los que frecuentan el pueblo de San Fernando habrá dejado
de visitarlo, a no ser que sea un hombre indiferente a las bellezas
de la naturaleza y ajeno a las dulces afecciones. Todo el que tenga
un corazón sensible y tierno, lo sentirá inundado de las
más grandes emociones al surcar sus plácidas corrientes,
bordeadas de la más lozana vegetación; se extasiará
bajo sus frondosas arboledas veladas de bejucos y verá con delicia
serpentear los numerosos arroyuelos que van a unirse a los grandes ríos. En mi infancia, arrancado por primera vez de los muros de la ciudad natal, me hallé un día absorto y alborozado en aquel sitio encantador. Más tarde, en la edad de las ilusiones, lo visité impelido por los placenteros recuerdos de la niñez y creí haber hallado el edén de mis ensueños de oro; y hoy, en la tarde de la vida, cuando la innoble rivalidad ha oscurecido la aureola de mis esperanzas, lo he vuelto a visitar con indecible placer; he vuelto a gozar de sus encantos, he aspirado con dulce expansión interior las puras y emabalsamadas emanaciones de aquellas aguas saludables y de aquellos bosques siempre floridos. Este recinto tan ameno, ceñido por los tres caudalosos ríos, son las islas que forman su espacioso delta. ¡Quién pudiera describirlas! |
Una mansión campestre,
en un clima embellecido con bosques umbrosos y arroyos cristalinos,
animada por el canto y los amores de las aves, habitada por corazones
buenos y sencillos, ha sido y será siempre el halagüeño
objeto de la aspiración de todas las almas, en la edad en que
la imaginación se forma los más bellos cuadros de una
vida de gloria y de ventura. Y después de la lucha de las pasiones, de los combates de la adversidad y los desengaños de la vida, en los términos de su carrera, es todavía la paz y el solaz de una mansión campestre, la última aspiración del corazón humano, por eso la tabloza y la lira de los genios de la Grecia consagraron los más bellos colores y armonías a pintar la amenidad de su valle del Tempe y por eso también algún día serán celebradas por los ingenios argentinos y orientales, las bellezas y excelencias de las islas deliciosas que a porfía acaricias las aguas del Paraná, el Plata y el Uruguay y que, situadas casi a las puertas de la populosa Buenos Aires, se encuentran solitarias y sin dueño. Mil sitios habrá en el globo más pintorescos, por las variadas escenas y románticos paisajes con que la naturaleza sabe hermosear un terreno ondulado y montañoso, pero ninguno que iguale a nuestras islas en el lujo de su eterno verdor, en la pureza de su ambiente y de sus aguas, en la numerosidad y la gracia de sus canales y arroyuelos, en la fertilidad de su suelo, en la abundancia y dulzura de sus frutos.◊ |