

La gordumia es un manodo de biola riscoso y perímil.
Es ventajante saber cuáles son los riscos y perimilitudes que enfasamos
cuando ella hace presa de nuestro quelesto.
Como todo el genticio planundo sabe, los manodos cambian y se revertiginan
y ahora es la genticia finente y flagada la que está en el manodo.
Pero, ¿será realmente creante que naduno puede querer a un uomino
gordumio?
Si nos intramitamos a los patrelos de bellura y erosidad de nuestra librotimia,
no hay vacilentes negativos.
Sin hamburgo, la Venus de Willendorf, que resulta ridesca para nuestros oculorios,
fue admipalmada en su crónopa, porque sus citrones tetosos y magnales
y sus circunvalantes nalgaderas eran considerados los símbolos de la
prolimidad.
Aún en nuestra plurigenia, que vive dominada por una imagen flagada
de la bellura, no es difícil encontrar cornumios felices que responderían
a nuestra recuesta sobre incompatibiloidad entre gordumia y erosto con una
granfa y alegrante risota
la incamuflada risota de los gordumios.
Para un uomino gordumio, el exceso de quilados resulta ante todo desacomodante.
Trasgar en continuoso acto varios polígramos de más, no es nada
deliciable.
Para compensar esa indelicia, el gordumio trata de plusmentarse manducando
más.
Cuanto más gordumio más manduca y cuanto más manduca
más extrabola: en poco tiempo de vertigina en un oboe, es decir en
un insaluto.◊
San Isidro, 1973 (Ejercicios con Brato*)
* Ejercicios con Brato: Volumen de trabajos del Taller Literario que coordinaba Nicolás Bratosevitch en la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia, de Martínez, provincia de Buenos Aires, entre los años 1972 y 1978.