Gregorio Echeverría

Temores

Es fácil el tema. Total, escribir acerca de lo que uno sabe (cree que sabe) o conoce (techito por si llueve).
Eso que uno inteligentemente visualiza, asume y elabora.
Ojo que es jueves, no viernes.
Pero si es jueves, ¿por qué carajo querés meternos en el cepo? ¿Por qué no nos dejás que mañana, que sí es viernes, nos dediquemos a macanear y a escabullir y a escamotear? Seguramente te pica descubrir cómo es un neurótico cuando no está laburando de neurótico.
Vos sabés que es lo mismo, papá. Más aún, tuviste la generosidad —el pasado viernes— de confesar que va a seguir siendo (que vamos a seguir siendo) lo mismo toda la putísima vida.
Pero ya que estamos, te cuento. Les cuento. El más grande de mis miedos no es el ascensor, ni los aviones, ni los perros con cara de perros hijos de puta, ni el SIDA, ni los embarazos inoportunos. Ni la desaprobación de Mamá, ni las malas notas ni los gritos del jefe cabrón.

Ni siquiera me produce temor la probable ceguera cada vez más allegada.
Me da miedo, me aterroriza, la idea de morirme —sin preaviso y sin consenso— sin haber hecho algo que me justifique como ser humano.
Me espanta la idea de encontrarme, más allá o más acá, con el querido Whitman y tener que agachar la cabeza cuando serena, amorosamente, me pregunte: hijo, díme —si lo deseas— de qué modo y en qué medida aprovechaste los tantísimos —muchos de verdad— años, meses, días, minutos de tu vida...? ◊

(Acerca de temores / Manuela Pedrazza,
jueves, 4 de abril de 1991)