Gregorio Echeverría

Forever and never

a JLB, el queridísimo maestro

PARA unos fue un sueño. Para otros un busto. Para muchos un símbolo. Apenas.
¿A cuál de estos destinos daría proximidad el prescindible adverbio? Fue tanto y todo tan intensamente que casi todo sino imaginable le fue supuesto. Tal vez no quiso desmentir ninguno de ellos. Pudo suceder que el padre fuera lanero, pero también curtidor o algunas veces campesino, agricultor o fabricante de salchichas.
Si es que no fue un sueño, pudo haber nacido en un rincón del Warwickshire, acaso Stratford (los escribanos y los clérigos no mienten por lo común mucho más que los historiadores o los ladrones).
En cumplimiento de algunos de los infinitos destinos a que lo sometieron quienes deseaban crucificarlo, tal vez presionado por apologistas que presumiblemente hubiera reprobado, conoció el amor de una muchacha, saboreó en las tabernas buenos vasos de vino blanco azucarado, leyó a Ovidio, se batió en evitables lances, extenuó las antesalas del condado, convivió con escrofulosos mendigos. Viajó —cómo dudarlo— sus incontables itinerarios se plasmaron en incontables poemas. Echó a tierra una rodilla ante la mujer que se atrevía contra las sombras de una historia oscura. Saboreó todo lo que la fortuna colocó a su alcance. Creyó en Dios.

En alguna de sus innumerables vidas soñó con aplausos y se codeó (se regodeó) con tahures y borrachos y prostitutas del Bankside. Quizás no le fueran extraños los escaños de Blackfriars o el tablado de El Globo.
No lo sé. Pero si me estuviera permitido licenciar la imaginación —ya que no la fantasía— pensaría que no le fueron negados el cariño y la consideración de despreocupados caballeros isabelinos. Repetiría, a riesgo de escandalizar a lady Macbeth ("¿tienes miedo, quizás, de ser el mismo / en ánimo y en obra que en deseos?"), que luchó por aquello que ambicionaba. Deseó escudos y despreció escudos. Y su desprecio, modulado en bucólicas estrofas, lo mercadeó en escudos.

Vendió, compró, durmió (imagino) el razonable intervalo de sus casi veinte mil noches, orinó durante no registrables entreactos. Su vigilia brincó de la piedad al escándalo y del arroyo a la corte. Sometió a las precisiones de su alquimia a los latines y a los griegos, hasta tornarlos en la mansedumbre de los nasales acentos de Coventry o de Birmingham.
Tuvo miedo, padeció hambre, sufrió persecución y envidias. Si no lo marcó la peste, extraño es que lo respetaran la gripe o los piojos o las fiebres. Fue papista, recusante, devoto, ateo, hereje. Fue piadoso. Pudo afirmar (creo) al final de sus días, "hombre soy yo contra quien otros pecan / más de lo que él pecó".
Si alguna vez el temor venció a su confianza, tantas otras brotó el consejo atrevido de entre las orlas de su verso, anticipando lauros, propiciando bodas, vaticinando en casos incumplidas glorias.
Debió, tomó prestado, le debieron, le prestaron, tal vez robó, seguramente lo desvalijaron un día. Todo eso —supongo— que no señala necesariamente el tránsito hacia algo pero también significa y humaniza. Al cabo qué más razones pudieron acreditar sus propagandistas que los adversarios. Todos creyeron conocerlo, tempranamente lo agasajaron, tardíamente le habrán perdonado —a cambio de la porción de eternidad que atinaron a sisarle— su delito genial.
Ignoro si tan sólo uno de sus émulos lo respetó. Desconozco hasta dónde le fueron fieles los amigos. Presumo — en fin— que bien pudiera haber muerto en el anonimato (en el frío) de lo no existente, lo teórico, lo meramente especulativo.
Su humor fue (necesario creerlo) vital. Sin duda gastaba una risotada de campesino saludable, raramente los caracteres taciturnos cautivan multitudes. Habrá llorado la muerte de un padre, de un hijo, de un camarada apuñalado en la posada. O la destreza del verdugo de la Torre ejercida sobre alguna cabeza allegada.

Quién podría ser Shakespeare sin ser Shakespeare. Quién no se conturbó al adivinar en Miranda o en Porcia privados destellos de alguna recóndita memoria.
Su charla huele a establo y a murallas, a ruibarbo y a espadas, a taberna y a rosas, a caballos, a venenos, a reinos, a universos. Acechan brujas y vestiglos en sus noches, se descuelgan lechuzas, ladran perros. Hay calma, puñaladas, tempestades. Hay jueces, hay naufragios.

Acaso una tarde se encerró junto con todos sus fantasmas y soñó. Soñó que tres o cuatro siglos más tarde, otro poeta habría de contemplarlo desde el destierro de sus ojos en sombras y declarar que tal vez había sido (sólo) un sueño no soñado por Alguien.◊