Gregorio Echeverría

Prólogo

Silvia Braun / Puentes de la memoria / Premio Fondo Nacional de las Artes 1986
Y teníamos —necesariamente— que recorrer ese puente. Cruzarlo interminablemente para ratificar (¿verificar?) que todo es apenas una serie de infinitos puentes, o un solo puente en una infinita repetición de reflejos en el agua en el cielo en el pastito en el agua… Lanzarnos el uno al encuentro del otro con la oculta esperanza de arribar al centro pero sabiendo de antemano que el centro no era alcanzable, que éramos Aquiles y la tortuga y que finalmente el peso de nuestros carapachos podría más que nuestros sueños y todas las bulimias.
Que no se debería con la pancita llena porque pesás demasiado para los bambúes del puentecillo y ¡patapúfate! justo cuando en la bruma que el agua remodela en las inmediaciones del centro y que entonces nos hace creer… al agua… nadar o no nadar, words milord, nothing but words, pero ¡qué soberbias en su humildad! —qué humildes en su soberbia— esas que uno nunca supo si fueron las primeras o las últimas. Fiat lux, fiat homo, fiat femina, fiat love… ah descarado Sófocles cagándote de risa a la vuelta de todos los recovecos.
Hoy Edipo, ayer el negro Clito, el viernes un caduco Anaximandro, a veces Jorge Luis, cualquier mendigo, esa zigana vieja acunando sin lágrimas un feto… cómo es ser —querer ser— Alina Reyes si no tuviste siquiera el envión de escribirle siquiera dos líneas a la dirección de aquella casona vieja en el viejo París. Inconfesable confesión de que no hubieras sabido por dónde empezarla. Querido Julio. Venerado maestro. Te pondrías de todos los colores. Hasta un poco de bronca. Pero tal vez… así es que ¡todos arriba! que el puente se termina. No se termina pero uno teme que de pronto venga el guardia y clausure la entrada. Las entradas, porque ahora que estamos abordo contemplamos azorados (¿nosotros?) que por Canalejas desemboca otro acceso, y otro al este del Boul’Mich. Y un tercero justo abajo del haz de luz amarillenta del Sant’Angelo ¿o era del Pont Neuf?
Puente, puente sustantivo e inabordable que uno quiere cree que quiere transitar desde adentro. Para comprender, tan tarde, que se quedó boludamente en la cáscara de la naranja, que cuando pensaba ir estaba volviendo y que pensando bajar subía y que al final eras la señora Hargreaves aunque en la penumbra creía ver tu perfil de pequeño kibbutz.
El pequeñísimo kibbutz… mi wonderland… a 500 metros… a 100 metros… sortem 001 a…
Amarguísimo Caronte, qué lujo avizorar sin finales este arribar y desarribar de desprevenidos (o más que prevenidos) viandantes.
Sobre el puente de Avignon todos bailan menos yo… Sé que estás ahí aunque no me contestes.
Aunque te muerdas para no contestar mi silbo, mi estertor. Saber que estás es la certidumbre de que nunca.
Uno es tan crujiente en sus asertos. Nunca o casi que viene a ser hoy no pero mañana tal vez. Acaso. A lo mejor. ¿Bajo cuál será la cita? En el de Brooklyn, para desembocar nuestra piel no sospechosa a las puertas de Manhattan y entonces Quinta Avenida y acaso Charlie gateando bajo los semáforos tras los retazos de su penúltimo saxo… Para la tentación de un trago (una pizca de blanca) enfilando el caballo ya hacia el Bronx, pero no, aquella mole en las sombras —las sombras largas del atardecer— no es el Empire ni el Golden. Pareciera el de Liverpool claro, ¿no ves que detrás de los redodendros nos hace burla la carita (implacablemente) infantil de Ringo, que llena de guiños al sargento Pepper, que nos llena de guiños, que te llena de guiños?… Porque ya el Támesis está lavadito y puedo correrte por el mall y patinarán tus pies por Chelsea o buscarás los escondrijos verdecidos bajo las encinas de Regent’s Park.

No temas, no quieras, no tiembles… no te atrevas… Nos engañaron —cuándo no— esas tontas golondrinas que se apresuran para dormitar la antesala de sus nupcias al amparo de cobre de la estatua del Príncipe Feliz. ¿Fábulas a esta altura, mi pequeña maragata pelirroja?

Words, only words milord. Setzen und garken, herren und damen…
Cómo me fascinaban las láminas del álbum Nestlé… El de Sidney se llevaba toda la gloria.
Con la arcada ostentosa sobre el casi nada de abajo bajo el casi menos de arriba. Después —con los años— inventé aquella anécdota llorona, en medio de la calzada del de Szechèny entre las botas y las charreteras rusas que aún no olían a salsas mcdonald’s. ¿Acerca de qué futuros te escriben los fantasmas del presente? ¿De qué presentes sauriales ofidiales vesperales se alimentan las neuronas y tu clítoris? Ah, mi dama, madame, milady… De buena nos escapamos bajos las murallas de La Rochelle. Porque Buckingham claro, milord no podía arriesgar su nobilísimo pellejo, entonces… ergo… patético Moldava, también tú (líquido distinguido Bruto) por debajo de tus puentes poco o nada tuyos como muy poco o nada los míos, los nuestros… Porque ya ni hacia Alto Verde se puede cruzar, ni orillando la sombra del dinosaurio que ya no dormita pero que todavía estira su sombra que no lograron acallar las topadoras ni las desmemoriadoras. Anduve debajo de casi todos, triste aprendiz de clochard, torpe vagamundo indeciso entre el Vecchio y los del Danubio… ¿Para qué trazar este minucioso carnet de viaje, solamente por el remordiniento (el temor) de que no atines a seguirme?
Oh, sous les ponts de Paris… pero yo en lugar del gorrión y tal vez vos en la huella del piececito de la Piaf, con las plumitas más húmedas seguramente… Con más ansias de aletear seguramente… Aquellos sobre el río Qway sí que eran. Tan sólidos —tan etéreos— como cualquiera de los puentecillos que entre hipos y resbalones se lanzan a través del Darro o del Genil para atisbar carilagrimados por sobre la muralla de la Garnatha Iliber, antes por cierto de que quien no la supo defender como un hombre la llorara como una mujer… ¡Abenámar… Abenámar!… siempre los hubo, magos reyes avizorando nacimientos anunciadores del cristo gallo de oro.
Es apenas el puente —ahora ya sí lúcido— de mi Santamaría, mi jangada, mi paquebote, mi canoa que se desliza llena de murmuración y de vergüenza, entre los camalotes y los juncos del mismo río por donde una noche se nos fue Hugo… ¡Qué poquito espacio nos queda —en el enredo de la verborragia— para nuestros queridos palomos insepultos!…
Porque sirve para pobre cosa precisar su condición de muertos, sabiendo que resucitarán entretejidos carpos y escafoides…Y Hugo… sí. Y Juanele… sí. Y Alberto… sí. Y Rubito… sí.
Ya no necesitan apellido. Los nombro, los pronuncio apenas, agobiado por los acordes dulcísimos de una tocata de Juan Sebastián. Alto, no cruzar, stop, no permitir que lo que debía ser un prólogo se convierta en un deslucido diván (ni en un lúcido desván), lo mismo daría para el caso, para el acaso, para el ocaso, para el acoso… hambreados pobrecitos perros de paja…
También Samantha… lo mismo Lita… Remigio… los dos Robertos… Hoy que el crepúsculo me requiere sin razones disfrazadas o inservibles seducciones —hincado a medias sobre esta arena que alguna vez nos fundó todo el coraje— garabateo un verso muy largo que se va gateando detrás de un cangrejo que a su vez se me escapa bajo la papada de un pelícano albino que me salpica mocos y azogue desde la vacuidad de los espejos negros…◊

Greg, San Isidro, invierno del ’92
(Prólogo para Puentes de la memoria, de Silvia Braun).