Gregorio Echeverría

Dos lanzas para Indalecio Velázquez

Y heredaréis el reino. Las palabras finales del fraile se habían apelmazado en una urgencia de suspiros, crujidos de bancos, arrastrar de pies malamente calzados y goterones de sebo. Un coro de beatas anuda y desanuda glorias y avemarías mortecinas a la lumbre temblorosa de los cirios del altar del Señor de la Ultima Esperanza.
El amén resonó como redoble de timbal contra la bóveda del crucero. Se escurrieron los ecos a lo largo de los sillares. La penumbra exhausta de la cúpula los iba devolviendo muros abajo, hasta postrarlos sobre el pavimento pulido por generaciones de fervor. Tén piedad de nosotros.
Tén piedad, repite entre hipos Indalecio Velázquez, soldado de los tercios embarcados en aquella pareciera lejana madrugada de marzo de Sanlúcar, soldado diestro en el manejo de la bota y el cubilete y los refajos y las enaguas de mozas de taberna, soldado perrunamente fiel a las nobles onzas de oro de un Adelantado innoble, soldado que en Flandes fuera curtidor, saltimbanqui, perjuro, duelista, desahuciado de fiebres, resucitado al tercer día, blasfemo, comediante y artillero condecorado sin haber puesto nunca la mano sobre el flanco de una culebrina ni tras la culata de una bombarda, soldado maestro en alevosías, en acallados discursos de ojos, en oblicuos juramentos de venganza, en las nocturnas facies de la traición y la servicia, soldado que no come donde comen los señores, ni monta lo que montan los señores, ni reposa su noche en baldaquines, ni besa a sus esposas, ni calza sus jubones, ni luce el oropel de sus hebillas ni el sol de sus espuelas, soldado que ha poco en las playas del Janeiro salió a tomar el fresco de la noche del brazo de Juan de Osorio y volvió solo, soldado que no carga a sus espaldas la carga sin provecho de los remordimientos, ni se detiene a limpiar su puñal en las ropas del hombre que ha quedado recostado en una arena caliente que ya no lo calienta, ni conversa con Dios, ni se arrepiente, ni se conduele, ni le implora.

Soldado ahora arrinconado en un real levantado con premura y terror a contadas brazas de la boca de un riacho que poco a poco va amalgamando el verde de sus orillas con la sangre de las aguas.

Que recuerda, tal si recordando diera con el secreto encantamiento para hacer que el tiempo se detenga, el fandango de sombras que proyectaban los cirios en la eremita de San Avelino, porque el Adelantado es hombre de creencias y quiso, la noche antes de zarpar.
Que rememora, retrocediendo su mente, estampas inocentes de cuando ni sabía qué cosa era la inocencia, aquel olor espeso de los lagares, el amarillo denso de sus trigales, una sombra de heno en los establos, una sonrisa casta de mujer ororgada sin el dinero a cambio.
Que se pregunta si valía la pena amontonar tanta despedida, tanta culpa, tanto mar, tanto sueño de fortuna, tantas fiebres, tanto coraje para asir una gloria que escapa de entre los dedos como si fuera agua, tanta hambre, tantos piojos, tanta pavura ante el alarido de cientos de guerreros querandíes bajo ese cielo extranjero constelado de flechas y amargores.

A quien imprevistamente se le borran de la vista las nubes y el perfil de la famélica —también ella— empalizada.
Un demonio cobrizo y aullante se le echa encima.
Indalecio Velázquez empavorecido, que arroja contra el esperpento su mosquete sin bala.
El indio enarbola, como con parsimonia su brazo derecho coronado por una tacuara, cuyos quince pies y el blanco de las plumas y el filo acantilado de su chuza miran fijos a su pecho.
La lanza se frena apenas rozando la piel, desgarrados el pecho y lo que conserva de camisa.
Todo se paraliza dentro del fortín.◊

[Fragmento]

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