| Gregorio Echeverría | |
Mala estrella |
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| Al abrir los ojos en
medio de un basural desonocido, entre gritos de gente corriendo aterrorizada,
sirenas de patrulleros, disparos de armas de grueso calibre y ayes moribundos,
el sargento Mardonio Leiva, suboficial del Batallón Penitenciario
de Rosario, adscripto al servicio de fronteras en el Regimiento 11 de
caballería de línea, supo que el destino se la había
jugado chueca. Acaso ese despliegue de uniformes para él desconocidos, sumado al estruendo de munición proveniente de bocas más iracundas que la de las pistolas y carabinas que estaba habituado a empuñar, le hicieron sospechar a Leiva que inútilmante le venía escurriendo el bulto a su mala estrella; de últimas a los piojosos jergones y al rancho salteado y desabrido de Fuerte Puan y aún antes, cuando la mala leche de un alcalde departamental había mudado su vida de pacífico gaucho, en los alrededores de San Nicolás. por la no deseada de guardacárcel en los suburbios de Rosario. La vida del gendarme no es apropiada para un hombre de campo, trabajador manso y padre de cinco criaturas, con una compañera callada y seguidora, como era su caso. No había lujos, ciertamente, en esa rutina rural entretejida de apartar hacienda, sobar cueros, carnear algún novillo, apuntalar una cumbrera jorobada, pialar un potrillo redomón y aguardar la noche al calor del fogón, con la mirada perdida en remota estampa de la infancia. Pero se iba tirando. La Leonor era del pago. Él se había arrimado con una tropa de bayos proveniente de Tostado y destinada a un establecimiento cerca de Fortín Luján. San Nicolás le había ofrecido unos mates que sabían a gloria y sus ojos oscuros y profundos que prometían calladamente una ternura sin impaciencias, y se afincó nomás. Al tiempo les nació la primera hija, que llevaba el nombre de su mujer. Después, el Casimiro y el Segundo y la Teresita y el Gervasio. Ya el desgraciado Mardonio ni se acuerda cómo empezó todo el padecimiento. Doce o trece años alcanzaron a vivir en paz, salvo uno que otro inconveniente de pestes, escasez de plata, o tormenta medio fuera de lo común. El Gervasio apenas gateaba cuando el juez Améndola empezó a mirar con ganas a la Leonorcita. que recién andaba queriendo hacerse mujer. De las miradas pasó a los dichos y a solicitarle a Leiva que la dejara estar en su casa como criada. Como él y su mujer sabían por dónde venía la mano, mezquinaron el arreglo. Y así se había ganado el primer enemigo. |
El otro (y esto no lo tuvo
nunca en claro como lo anterior) fue el comisario Laudana, que le tenía
puesto el ojo a su mujer desde hacía tiempo. El asunto es que
entre el comisario y el juez lo engancharon a Romiliano Patrón,
quien había llegado a alcalde departamental precisamente gracias
a los oficios de estos compadres, según en su momento se habían
preocupado para que el alazán de Pedro Nájera que
era candidato más firme que Romiliano pegara una espantada
que tiró al jinete de muy mala manera contra los horcones, dejándolo
tullido. De esta tenebrosa sociedad había surgido la idea e castigar
a Leiva, so pretexto de una presunta (o verídica. vaya a saber)
negativa a sistir a reuniones políticas " de interés
comunal" convocadas por el alcalde. (fragmento). |