Alberto José Miyara

Calipenofa

Cuando usted se enoja conmigo —y está pasando cada vez más seguido—, me dice la palabra calipenofa. Esa palabra no existe. No digo que no sea posible en castellano, pero en el diccionario no está. Sin embargo usted me la dice y yo me doy por enterado de que está enojada y actúo en consecuencia. A veces, cuando estoy con ánimo de amargarle el día, tomo medidas para que se enoje más todavía; pero la mayor parte de las veces lo que intento es apaciguarla, por lo general sin éxito.
No sé cuándo me dijo por primera vez esa palabra. Tampoco sé por qué la entiendo. La primera vez me debe haber sorprendido, le debo haber preguntado qué quería decir; pero sencillamente no me puedo acordar de cuándo fue. Cuando yo era más joven —y usted también, pero usted se sigue viendo muy joven todavía—, la palabra calipenofa me la reservaba para casos muy extremos. A veces podían pasar meses sin que me la dijera, y cuando finalmente lo hacía yo acusaba el golpe y quedaba varios días como aturdido. Las cosas se deben haber deteriorado bastante entre nosotros, porque de unos años a esta parte me dice calipenofa cada vez con mayor regularidad. A veces me la dice varios días seguidos, y a veces inclusive más de una vez por día. Tanto es así que he desarrollado mis mecanismos inmunológicos. No es que no me siga doliendo, no me malinterprete; simplemente me acostumbré. Hace unos años, cuando me mordió un perro, aquello me pareció un dolor inenarrable; pero si me mordieran perros todos los días también me terminaría habituando.
Me consta que yo soy el único al que le dice calipenofa. Lo sé porque nunca levanta la voz para decírmelo, y no es que usted no sea gritona. De hecho, la vez que me lo pudo vociferar —estábamos en el extranjero, y nadie podía saber si esa palabra existía en nuestro idioma— lo hizo. Usted no quiere que los demás se enteren, y yo por mi parte no se lo digo a nadie.

Precisamente una de las preguntas que me hago con frecuencia es qué pasaría si un buen día la expusiera. Usted se tendría que inventar otra cosa, aunque también podría ser que cortara definitivamente cualquier tipo de contacto conmigo, y yo no quiero eso. Y como usted sabe que no lo quiero, se siente bastante segura de que no voy a hablar.
A menudo pienso que usted usa la palabra calipenofa simplemente para ejercer un poder sobre mí. En todo caso es notorio que me la espeta de manera sumamente arbitraria. A veces estamos con gente en un bar y yo estoy diciendo cosas divertidas o sensatas y los demás me siguen con atención; y de repente, sin que nada en mi comportamiento lo permita anticipar, usted me alcanza una servilleta de papel en que ha escrito la palabra calipenofa. Eso basta para hacerme sentir mal y la gente me pregunta si pasa algo, y yo tengo que decir que no hasta que otro buen conversador toma la posta. Sinceramente no encuentro justificación para esos golpes bajos. Tampoco me parece correcto que algunas veces cuando yo le digo "buen día" usted ya me conteste "calipenofa"; usted misma se tiene que dar cuenta de que ésa no es manera de empezar una jornada.
Si yo fuera vivo también me habría inventado una palabra. Le habría empezado a decir, por ejemplo, pravacol. Pero eso tendría que haber sido en la misma época en que usted empezó a decirme calipenofa. Si hubiera tenido esa inteligencia quién sabe a dónde habríamos ido a parar. A lo mejor habríamos seguido inventando palabras y con el tiempo habríamos terminado hablando un lenguaje nuevo, quizá no mejor en términos objetivos que los idiomas convencionales, pero sí más adecuado para expresarnos lo que sentíamos. O a lo mejor usted, viendo que yo presentaba batalla en el terreno léxico, desistía de decirme calipenofa. Lo cierto es que yo la dejé a usted tomar la iniciativa, no reaccioné y ahora pago las consecuencias.◊

(fragmento).