Luisa Angelucci

Luisa, te conocimos a través del bodegón que expusiste en la Delegación [Delegación Municipal de Gral. Pacheco], Alcuza, manzana y vino. ¿Podés hacer el camino hacia atrás a partir de esa obra?

Esa obra se compone de dos piezas realizadas en el torno alfarero, una de ellas con reminiscencias españolas. A fines del siglo pasado y comienzos de este, el utilitario del común de la gente era la cerámica. En la alcuza se guardaba el aceite comestible. Y la idea es un poco realzar este objeto utilitario e intentar inmortalizarlo a través de la pintura.
Por un lado es un objeto comercial. Llevado al cuadro, siento que es un poco lo que ha hecho el maestro argentino Juan Lascano, dignificar las vasijas de cerámica a través de lo que es la pintura. Como un modo de reinvindicar al objeto cotidiano. El que está a nuestro lado acá o adonde vayamos; lo siento como una gran compañía. Será porque soy ama de casa y convivo mucho con este tipo de objetos y les tengo mucho cariño.

¿Estaríamos diciendo que no hay un límite claro entre lo artesanal y lo utilitario?


Pienso que no precisamente. Hoy día la alcuza ya no es utilitaria, es sólo un elemento decorativo. En ese otro cuadro, en cambio, vemos una tetera y una lámpara de kerosén, son elementos muy lindos y que uno utilizaría. Son cosas a la cuales uno tiene cariño. Esa lámpara tendrá unos 40 años. Se ve que la usaban mis padres cuando no había luz. Hoy mi madre ya no está; a mí me quedó la lámpara y me causó un gran placer llevarla a un cuadro y tenerla conmigo.

Parecería que esto ayuda a establecer un vínculo afectivo con la persona a través del objeto y a reconocerse a través de reconocer el objeto.

Sí, y también pienso que todo este afecto que le tengo a los objetos se debe a que me crié en un ambiente en el cual la actividad fundamentel de mi madre, aparte de atendernos a nosotros, era un comercio relacionado con cosas lindas del hogar, un bazar de regalos. En los años cincuenta y pico mi madre trabajó mucho en eso. Y se ve que uno, al crecer entre esas cosas de colores y formas hermosas, les toma un gran afecto.

¿Esto dónde era, Luisa?

En Pilar, donde viví treinta y tantos años y donde mi madre tenía su negocio. Un negocio importante de familia. Dejé esa zona cuando ella murió y me vine a Pacheco.

Eso en cuanto a los bodegones, Luisa. ¿Y qué hay con las capillas?


La capilla creo que tiene relación… allá tenemos la capilla de Las Chacras. Está en Córdoba, en Huerta Grande. En este momento en un estado de triste deterioro. El tema de las capillas pasa porque hice un profesorado inconcluso en historia y geografía. Y esto me suscitó el interés por estas edificaciones, cuando empezamos a andar por el interior del país. Son obras de dos a tres siglos y me llamó la atención, en el caso de la provincia de Córdoba, encontrarlas en un estado de abandono y desinterés bastante importante.
Todo lo contrario encontramos en el noroeste. Si bien la zona es económicamente mucho menos favorecida, se ve que por una cuestión tal vez afectiva y cultural la misma gente las mantiene y repara con los elementos que tienen a mano. La de Purmamarca en Jujuy la vi en perfecto programa de restauración. Por ejemplo ellos usan el cardón que abunda en los alrededores. Lo cortan en lonjas y obtienen como un encaje de madera, que luego de secado y barnizado utilizaron para reponer toda la estructura del techo. Hay de por medio todo una cuestión de fe y de respeto por la historia. Todo esto me impulsó el deseo de llevarlas a la pintura. Algo como lo que relataba en gran maestro Fernando Fader, quien ya cerca del final de su vida encontró en las capillas un tema central, por sus entornos, los colores y la variedad de los materiales usados. Así pintó, entre otras, la capilla de Pocho, con sus magníficos rosados del estilo colonial. Yo también pinté esa capilla, podemos verla en el taller. Esta capilla perdura porque la gente del lugar tiene las llaves y la cuidan. Cuando llega el sacerdote el domingo para decir misa, abren y todo el mundo a la capilla. Conserva preciosas reliquias, tallas y un órgano de viento francés del año 1600. Todo esto constituye un acervo de importante contenido histórico y también turístico. Otra capilla con una rica historia es la de Ischilín. Fader se radicó en la zona aldedor de 1912, cuando los médicos le daban pocos meses de vida a causa de la tuberculosis, de lo cual finalmente murió.
Se instaló en un rancho. Y allí se dio cuenta que su salud empezaba a mejorar, tal vez por la conjunción del clima y la tranquilidad del lugar. Al advertirlo, encaró la construcción en Rosa Corral de la hermosa casa donde pasó los últimos 20 años de su vida —pintando sus mejores obras— y que hoy se conoce como la Casa Museo de Fernando Fader.

¿Cuándo empezaste a jugar con los pinceles?

Supongo que todo empezó durante mi infancia en Pilar. Yo solía sentarme en el umbral del negocio. Al final de la calle de tierra, a unas ocho cuadras, se veía un árbol que en el otoño se vestía todo de amarillo. Y por entonces, tendría unos diez años, me decía cuándo aprenderé a manejar un pincel para poder pintar ese árbol. Primero fueron lápices de color, luego témperas y más adelante acuarela. Yo me eduqué con las hermanas franciscanas. Las monjitas son muy creativas y estimulan todo lo que es artesanal, bordado, pintura, tejido…
Con el tiempo tomé lecciones con el maestro Carlos Scaglione. Y finalmente me encerré a trabajar en mi taller. La pintura es como la pala, cuando más se la trabaja más se pule.
Me dedico paralelamente a la cerámica. Finalmente son como dos facetas de una misma actividad. En el torno se modela, después se hornea, se decora y después armás una composición y te ponés a pintar un bodegón. Son herramientas. Hice algo de escultura al lado del maestro Tavella, pero sentí que la escultura no era lo mío. Vengo participando desde el 89 de todas las bienales de cerámica, donde me encuentro con gente de todo el continente. La última fue en Chile y la próxima es la de Perú.
La intención de estos encuentros es rescatar nuestras raíces aborígenes, al margen de las influencias de la colonización y del hecho si esta sirvió para algo o no. La investigación de todos los ricos documentos autóctonos, sus significados artísticos, utilitarios o rituales y la recreación de todo este material en obras verdaderamente espectaculares, desde la pequeña vasija hasta una urna funeraria o un grandioso mural.

Nos despedimos de Luisa con la sensación de que quedaron muchas cosas en el tintero.
Como quien dice, hasta la próxima.

(Nota para Tigre 2000x, General Pacheco, mayo 1999).